Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

sábado, septiembre 23

Entrevista a Miguel Amorós - El antidesarrollismo en perspectiva

Entrevista a Miguel Amoros sobre antidesarrollismo. En él se abordan distintas cuestiones relativas a la actualidad de las luchas en defensa del territorio, la crítica a diferentes ideologías, algunas experiencias de resistencias, así como autores e ideas afines a las perspectivas antidesarrollistas desde el punto de vista anárquico.

miércoles, septiembre 20

Ni estado ni nación

La realidad en España se alimenta de una mera confrontación entre dos realidades nacionalistas: la una, con una estructura de dominación consolidada, que apela a la ley para mantener su unidad e imaginario; la otra, se llena la boca de democracia y "derecho a decidir" para encubrir, de una forma u otra, el deseo de construir su propia estructura autoritaria y valores simbólicos e identitatarios: el Estado-nación.
 

Los que, supuestamente, quieren profundizar en la democracia se llenan la boca de “independencia”, algo que indiscutiblemente vinculan con la idea de una nación “libre”, que a su vez asocian con un pueblo que se autodetermina, y a la vez con un Estado “independiente”. Esto último, que tal vez no asuma todo el mundo a favor de la “independencia”, parece sin embargo un hecho. Nación y nacionalismo están vinculados, de forma necesaria en mi opinión, a la formación de un Estado. Ya hace tiempo que el bueno de Rudolf Rocker nos dijo que todo nacionalismo, no olvidemos que originado en una idea romántica, la de la exaltación de los valores e intereses de la nación por encima de los individuos, es reaccionario. Dicho esto, con lo que yo estoy totalmente de acuerdo, sería bueno reflexionar sobre el asunto, sobre la complejidad del término y la concepción diferente que se le pueda dar, en aras precisamente de ideas auténticamente emancipadoras. Toda idea de nación, la que tiene un Estado o la que aspira a tenerlo, como instancia transcendente e ideal casi mítico, tiene a sus espaldas toda una historia de un modo más o menos teleológico. Es decir, el proceso histórico se observa de modo lineal, como un proyecto en el que se lucha para conseguir un fin deseado, el de la ansiada nación libre e independiente, con unas valores dignos de elogio. No es difícil observar aquí un credo religioso en el nacionalismo, en el que la nación como instancia trascendente toma rasgos cuasidivinos. Tomás Ibáñez, esforzado en combatir toda forma absolutista, nos recuerda que la nación no contiene rasgos esencialistas, ni es intemporal, ni algo natural, sino algo muy humano construido por el afán de conquista y dominio, producto de innumerables acuerdos y alianzas por parte de aquellos con voluntad de poder. Recomendaremos aquí la imprescindible obra Rocker, Nacionalismo y cultura, con una visión lejos también de cualquier idealismo romántico sobre la nación e igualmente esforzada en recordarnos que la “voluntad de poder” ha sido un importante motor histórico al igual que la lucha de clases o, de modo más general, las condiciones materiales. Lo dice un libertario, con una visión amplia de la historia y de las sociedades creadas por los seres humanos.
 

Efectivamente, las naciones son dispositivos de poder, estructuras de dominación con afán de homogeneizar. Todo lo contrario de la sociedad libertaria, que apuesta por la diversidad y la singularidad, la heterogeneidad. Las celebraciones nacionales, sean el 12 de octubre, la Diada o el 14 de julio, no son más que demostraciones de fuerza y unidad, multitudes paseando una misma bandera en ofrenda a sus mitos nacionales específicos. Recordemos que el ácrata Brassens comenzaba su “La mauvaise réputation” con el Día Nacional de Francia, que no le estimulaba nada de nada y vinculaba, necesariamente, con lo militar. La nación es, en definitiva, una instancia abstracta y trascendente que unifica y homogeneiza, además de asegurar consecuentemente una estructura de dominación en base a determinadas conquista históricas. Como afirma Ibáñez, si aceptamos la existencia política de una nación, consciente o inconscientemente legitimamos toda la historia sangrienta de enfrentamientos por el poder que se encuentra detrás. No es casualidad que todo estructura de dominación se esfuerce en construir una serie de mitos en la historia, que alimenten ese amor por la nación de las personas con los que alimentar su imaginario social y político (algo muy humano, nada trascendente, producto de deseos y aspiraciones), ya que la autoridad coercitiva sin más no resulta suficiente a estas alturas. No está tampoco de más señalar, aunque las comparaciones que se hacen a veces del nacionalismo con el nazismo (eso sí, una exacerbación nacionalista) sean excesivas, que sí es cierto que la concepción de “raza”, hasta extremos racistas y discriminatarios, ha formado parte histórica de la construcción nacional, aunque ahora no se aluda abiertamente a ello. Lo importante es dejar claro que la idea de nación es algo social e históricamente construido y que su existencia solo tiene sentido si se mantienen y perpetúan las prácticas que la sustentan. No es raro que los dirigentes que aspiran a una nación “libre” exijan detentar la educación y los medios en diferentes ámbitos, precisamente para asegurar que se produzcan el conjunto de operaciones simbólicas, que fomentan el sentimiento nacional. La nación es por lo tanto algo artificialmente construido, de manera muy esforzada por una estructura de dominación, mediante el nacionalismo en caso extremo, y por supuesto contingente; ni trascendente, ni intemporal, ni algo natural.
 

Por lo tanto, el nacionalismo es un sentimiento, estamos de acuerdo, que mucha gente identifica con el amor a una comunidad, una tierra o un pueblo. Sin embargo, desde un punto de vista libertario, ese sentimiento no puede confundirse con la estrechez de miras que supone las limitaciones culturales (y la identidad nacional, desde mi punto de vista, lo es) ni con la subordinación a una abstracción que legitima y sustenta una estructura autoritaria. Por muy sentimental que sea, el nacionalismo es algo artificialmente creado mientras que la sociedad libertaria propugna, por supuesto desde un amor a lo local, una solidaridad que trasciende las fronteras. Algunos autores han señalado que el nacionalismo tiene al menos dos fases: una legitimada en la que lucha contra un Estado opresor y otra, ya en fase de liberación, en la que construye sus propias instituciones de dominación. Es obvio que los anarquistas, aunque pueden ayudar circunstancialmente a una comunidad a combatir la dominación de un Estado, rechazan simplemente sustituir una estructura autoritaria por otra con la falacia de construir una nación libre. Por eso, como dice Ibáñez, en el cansino y repetitivo enfrentamineto entre un Estado opresor y otro oprimido, el español y el catalán, los antiautoritarios deberíamos tener claro que se trata de dos realidades artificialmente construidas por parte de ciertos dispositivos de dominación, que nada tienen que ver con la deseada sociedad libertaria.
 

El frenta nacionalista catalán es, eso sí, heterogéneo, existen diferentes sensibilidades. Es así hasta el punto de que algunos sectores de la Cup se han etiquetado por parte de algunos medios como "nuevos anarquistas". Sin ningún ánimo de expedir carnés libertarios, para mí es un despropósito. Hacer frente común con fuerzas conservadoras con el objetivo de una Cataluña independiente no es que sea la habitual contradicción entre medios y fines, es que en este caso ni unos ni otros son libertarios. Por muy sinceros que sean algunos en la búsqueda de la independencia, e incluso aunque crean que la misma no conduce necesariamente a la creación de un Estado, están haciendo el juego a una causa nacionalista. La lucha por la independencia de Cataluña, se observe como se observe, se realiza dentro de un juego en el que el criterio político es, necesariamente, la creación de un Estado. Si buscas la independencia de un territorio, algo que considero ajeno al anarquismo, estás poniendo la base para la creación de una determinada estructura política. Otro asunto es que cuestiones, radicalmente, la configuración de esa estructura, algo que no se realiza en esa simple confrontación entre dos realidades nacionalistas, que tiene como objetivo la creación del Estado-nación. ¿Qué ocurre con el manido "derecho a decidir"? Suscribo ahora a Octavio Alberola cuando afirma que, de acuerdo, derecho a decidir pero en todo, no solo cuando le conviene a la clase dirigente para sustentar una estructura de dominio y explotación. Esa lucha por el derecho a decidir debe producirse en un escenario amplio en el que se ponga en cuestión toda forma de dominación y explotación, nada que ver con el nacionalismo. La independencia de Cataluña, si es que se consigue finalmente, incluso en la forma de república, puede legitimar aún más ese escenario autoritario. La lucha libertaria se produce en un campo muy diferente, con la aspiración a un mundo sin fronteras.


domingo, septiembre 17

La valla

Quien construyó esta valla tenía mucho miedo.
Me llamo Sarabi, el espejismo
que habita los desiertos de África,
un nombre que se le da a los perros.

Somos muchos en el Gurugú:
de Mali, de Nigeria, de Somalia,
de Guinea, de Camerún, del Congo,
del Sin Futuro...
Al calor de una hoguera esperando
el momento, las voces del motín,
el sueño europeo, una oportunidad.

El agua se cuela bajo los toldos,
cansados de no ser nadie esperamos,
de no ser cada día,
cuando la niebla se nos mete en los huesos.

Los grandes ojos abiertos de Mama
la marea me los devuelve,
hija hermosa del mar,
duerme con tu turbante azul y tu deseo
en la profundidad de su serotonina.

Hay un campo de golf a pocos metros,
la valla llena de cuchillas y porras
y pelotas de goma y pistolas de hombres
bien pagados para golpear
y defender la fortaleza.
Llevamos años en este tapón,
siglos en esta cicatriz, el negocio del mar.



Ángel Petisme. El faro de Dakar. Ed. Renacimiento, 2017

jueves, septiembre 14

La literatura de Ursula K. Le Guin y el anarquismo

Ursula K. Le Guin, nacida en 1929, es sin duda una gran escritora, no solo con prestigio y éxito en el mundo literario, también en los ámbitos político, social y científico; para los que lo desconozcan, su obra es de una evidente y casi insultante influencia en la literatura y el cine contemporáneos, normalmente con obras mucho más ligeras y rebajadas de tono político y científico.

La obra de Le Guin está compuesta, tanto de ciencia-ficción, como es el caso del llamado ciclo de Ekumen (a la que pertenece la novela Los desposeídos, de las que nos ocuparemos más tarde), como de género fantástico, valga como ejemplo su saga de las Historias de Terramar. Es precisamente la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía, Estados Unidos, la que la ha reconocida como una gran maestra. Son conocidas las simpatías de Le Guin sobre las ideas anarquistas, a las que ha definido como las más humanas, complejas e interesantes de todas las teorías políticas. Por ejemplo, la novela El día antes de la revolución, que pertenece al mismo universo que Los desposeídos, está dedicada al imprescindible intelectual y anarquista norteamericano Paul Goodman. Del mismo modo, es obvia la influencia que Murray Bookchin y su ecologismo radical ha ejercido sobre la escritora. En gran parte de su voluminosa obra, Le Guin ha plasmado sus ideas libertarias de igualdad, cooperación, apoyo mutuo y rechazo de los abusos de poder. Se trata de una evidente renovación de la literatura utópica, dentro de la especulación social y política, por parte de una influyente autora con grandes conocimientos en antropología, no por casualidad su padre era el prestigioso antropólogo Alfred Kroeber.


 En Los desposeídos, escrita en los años 70, la escritora nos ofrece la utopía anarquista convertida en realidad en el planeta Anarres, situado a varios años luz de la Tierra, donde se exiliaron los llamados odonianos después de una revolución fallida para construir un sistema sin autoridad y con la solidaridad como norma básica de conducta. Con esta obra, se nos demuestra un gran conocimiento de las ideas libertarias, de un modo nada simplista ni maniqueo, ya que el mundo de Anarres no está para nada exento de conflictos humanos, imposibles de erradicar en sociedad alguna. Los habitantes de Anarres proceden de Urras, del cual se desvincularon ciento sesenta años atrás, un mundo donde se han reproducido los males de la Tierra que conocemos, ya que se encuentra organizado en Estados y con una diferencia abismal entre ricos y pobres. Shevek, gran científico que trabaja en una ecuación que marcará la diferencia para las siguientes generaciones, será el primer habitante de Anarres en visitar Urras y descubrir una realidad para él desconocida. Los desposeídos de Urras tendrán en Shevek un símbolo de una sociedad mejor, sin gobierno ni explotación económica, por lo que no resulta extraño que los poderosos se esfuercen en esconderlo. Shevek representa una idea peligrosa para los intereses de dirigentes y privilegiados, la idea del anarquismo convertida en realidad y esperanza para todos los oprimidos, al mismo tiempo que se erige en el individuo que puede trascender las fronteras de desconfianza entre los diferentes mundos.

La estructura narrativa de Los desposeídos, magistral, se realiza en paralelo, de tal manera que se nos cuenta la vida de Shevek en Anarres y su viaje a Urras. La profundidad de lo narrado por Le Guin está plagado de elementos valiosos: la complejidad de las relaciones humanas, la experiencias revolucionarias con sus éxitos y sus fracasos, el papel de la mujer en la sociedad, la influencia de las ideologías… Puede considerarse Los desposeídos, incluso, como una obra, teórica y especulativa, sobre las ideas anarquistas, ya que realiza una impagable reflexión sobre cómo podrían ser la organización y los valores en el seno de una sociedad libertaria. De forma paradójica, Le Guin nos muestra cómo la tensión permanente entre una sociedad supuestamente libre y el deseo de cambio inherente a las personas lleva a cierta lentitud en algunos ámbitos humanos. La escritora retomará las ideas anarquistas, concretadas en el llamado odonianismo, en El día antes de la revolución (1974), más centrada esta vez en la figura de Laia Odo, ya en etapa final de su vida recordando cómo comenzaron sus ideales muy ligados a sus relaciones afectivas. Paradójicamente, Odo llega a conocer la sociedad libertaria que anhelaba, pero en muchos aspectos ella es hija del pasado y se evidencia el abismo generacional con personas que crecen ya en una sociedad libre. Como hemos dicho, la profundidad y sensibilidad de Le Guin están lejos de toda duda y simpleza.

La obra de Ursula K. Le Guin, autora de indudable talento literario y de enorme conocimiento en diversos ámbitos científicos, y con varios premios a la que nunca se reconocerá lo suficiente, es muy voluminosa incluyendo novelas, relatos cortos, ensayos, poesía e incluso literatura para niños, por lo que no podemos asociarla exclusivamente a la especulación científica. Entre las evidentes influencias que su obra ejerce sobre éxitos recientes, están las semejanzas de Planeta de exilio (1966) con la saga creado por George R.R. Martin en su Juego de tronos. Por otra parte, El nombre del mundo es bosque (1976), donde muchos vieron en su momento una alegoría sobre la guerra de Vietnam, una historia sobre unos perversos humanos que invaden un planeta pacífico de seres que habitan en bosques, que resultará familiar a los admiradores de Avatar, de James Cameron. No permitamos que el entretenimiento esté exento de reflexión y profundidad, por lo que acerquémonos a la obra de Ursula K. Le Guin.



lunes, septiembre 11

Basilio Martín Patino

El cineasta Basilio Martín Patino, fallecido hace escasos días, fue un autor libre, transgresor y original, tal vez no apto para todos los gustos, pero con una obra imprescindible, donde se suelen diluir la ficción y la realidad, para reflexionar y profundizar en el pasado y en su vínculo con la actualidad.
 A pesar de pertenecer a una familia conservadora, muy pronto se revelaría como un espíritu libertario, que se reflejará en su obra. Fue uno de los promotores de las Conversaciones de Salamanca, en 1955, evento de gran importancia que reunió a los mejores directores del momento. Después de varios cortometrajes, y del largo Tarde de domingo como trabajo de fin de carrera, su gran éxito llegará con Nueve cartas a Berta (1966), que recibió la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, lo cual posibilita su estreno teniendo una buena acogida por parte del público a pesar de los problemas con la censura. Este film, con un evidente transfondo social y político, es también un intento de experimentación, que puede que no sea del gusto de todos los paladares. Lo que sí hizo Martín Patino, desde el primer momento, es realizar películas transgresoras e innovadoras en busca de nuevas vía para la expresión artística. Nueva cartas a Berta, rodada en blanco y negro, nos cuenta la historia de Lorenzo, interpretado por el gran Emilio Gutiérrez Caba, que retorna a Salamanca después de pasar un verano en el extranjero y conocer allí a Berta, que le abre la puerta a otro mundo para vislumbrar la libertad. Se trata de un evidente retrato de la dictadura, con su opresión y mediocridad, narrado a través de las epístolas a Berta, que se pretenden salvadoras para escapar de ese mundo gris y frustrante. Será un film que dé punto de partida a una trilogía sobre el mismo tema, completada con Los paraísos perdidos (1985), que a través del retorno de una mujer al lugar de su infancia nos habla del exilio, el desarraigo y la esperanza, y Octavia (2002), obra que tuvo un posterior montaje al estrenado en cines, más del gusto del director, otro retorno para arreglar cuentas con el pasado y de nuevo un ejercicio cinematográfico innovador y arriesgado, que escapa a toda tentación académica.
 Martín Patino tendrá una carrera muy alejada de la convención y de la comercialidad, lo cual se sigue reflejando en su obra posterior a Nueve cartas a Berta: Canciones para después de una guerra (1971). Se trata de una propuesta muy original, de nuevo un estilo alejado de toda convención narrativa y académica, para desmitificar a los vencedores de la guerra civil, y burlarse de ellos de modo inteligente y humorístico, a través de sus cantos de exaltación patriótica. De nuevo, nos hallamos ante una obra brillante con un virtuoso trabajo de montaje, que afortunadamente tuvo una buena acogida por parte de un público ajeno al deliro fascista y deseoso de saber cómo fue aquella triste posguerra. Queridísimos verdugos, realizada en 1973, plasma la triste y cruel realidad de la España franquista a través de tres ejecutores de la pena capital, cuya realidad sobrepasa cualquier ficción propia de Azcona y Berlanga.

Constituye esta película documental, más allá de la mera denuncia del asesinato legalizado, un retrato retrato feroz de una determinada sociedad y una reflexión nítida y devastadora sobre el poder. Esta obra, junto a Caudillo (1974), se rodarán de forma clandestina y no podrán ser estrenadas hasta la muerte del dictador. El retrato de Franco es un inteligente análisis de una personalidad autoritaria, que siguió controlando y oprimiendo la sociedad española hasta el último momento. De nuevo un inmejorable testimonio sobre una época con tragedia y humor, y una patética epopeya por parte de unos patéticos y crueles fascistas. Madrid (1987) nos muestra a una realizador alemán de televisión, que recibe el encargo de hacer un documento sobre la capital y la guerra civil en el 50 aniversario de la misma, lo cual posibilita una nueva reflexión sobre el pasado y la actualidad, además de sobre el propio cine y los límites difusos entre la ficción y la realidad. No es casualidad, que el protagonista Hans acabe sustituido por los productores en la realización audiovisual, ya que su apuesta final es firmemente por la libertad.
 Casas Viejas. El grito del sur (1996) es un documental, donde se confunden la realidad y la ficción, que de nuevo nos presenta un estilo cinematográfico original e innovador. No hay que equivocarse, la invención de personajes y situaciones le sirve al autor para profundizar en uno de los episodios más vergonzosos de la Segunda República. Tal vez, con su propuesta, Martín Patino trató de alejarse de la objetividad histórica, de una recreación fidedigna de lo sucedido, para presentarnos una reflexión crítica sobre unos hechos susceptibles de diversas lecturas e interpretaciones. En palabras del propio autor: “Si algún día hubiera de utilizarse el cine como gran testimonio del siglo XX no será por la credibilidad de lo que llamamos documentales cinematográficos. El conocimiento del siglo habrá que buscarlo en las películas de ficción que objetivan más fielmente las conductas y problemas del tiempo”. De lo que no cabe ninguna duda es que después de visionar Casas Viejas. El grito del sur el espectador conocerá algo mejor sobre la insurrección aquellos campesinos en la población gaditana y su posterior y cruel represión. Con su último film, Libre te quiero (2012), realiza un documento de estilo impresionista puro, que comienza con la confluencia de manifestantes del 15M en la Puerta del Sol, continúa con la posterior acampada, mostrada como una especie de ciudad paralela autogestionada y asamblearia, para luego recoger la extensión del movimiento por barrios y localidades de toda España. Como ya se ha dicho, la obra nace de un encuentro, ya que Martín Patino se encontraba en el lugar adecuado para dar el pistoletazo de salida a la narración y para comprobar la alegría y espontaneidad de la gente para tratar de cambiar las cosas. Libre te quiero, que toma prestado el título del poema de Agustín García Calvo, es un inmejorable testamento cinematográfico de una realizador original, libre y transgresor.

viernes, septiembre 8

Anarquistas y marxistas en la Primera Internacional

Este libro, Anarquistas y marxistas en la Primera Internacional. Un debate entre Francisco Tomás y Pablo Iglesias, editado por Juan Pablo Calero recoge las dos series de artículos, junto a otros documentos de interés, que nos hacen comprender los orígenes del movimiento obrero en España, dentro de una polémica para transformar la sociedad, que llega hasta nuestros días.

Después de que Giuseppe Fanelli llegara a España, aquel otoño de 1868, la facción libertaria dentro del movimiento obrero iría cobrando importancia con la creación de la Federación Regional Española. Pocos años después, la ruptura entre los partidarios de Bakunin, antiautoritarios, y los de Marx, centralistas, será definitiva. Aquel debate entre Francisco Tomás y Pablo Iglesias, supondría la definitiva y abrupta ruptura entre unos y otros. Como es sabido, la Primera Internacional surge tras el triunfo de las revoluciones burguesas, que consolidaron en la segunda mitad del siglo XIX un régimen liberal y capitalista en Europa Central y Occidental. Por supuesto, el movimiento obrero vio que, tras ayudar a erradicar el Antiguo Régimen, su situación no había mejorado en el sistema burgués. Enseguida, los trabajadores comprendieron que sus intereses divergían con los de la clase burguesa, por lo que fueron tomando conciencia como demuestran los hechos de la Comuna de París (1871) o la propia creación de la Primera Internacional. En 1868, la crisis del sistema provocó el fin momentáneo de la monarquía y una revolución democrática, el llamado Sexenio, periodo en el que Juan Pablo Calero considera que todos los regímenes políticos fueron posibles, incluidos los sueños de emancipación de la clase trabajadora.

El debate que se produce en España dentro de la Internacional, en 1882, entre Francisco Tomás, representante de la facción libertaria, y Pablo Iglesias, partidario de una visión centralista y parlamentaria, tiene una continuidad en la historia que llega hasta nuestros días. Los socialistas pensaban que era posible realizar transformaciones sociales dentro del sistema burgués y liberal, mientras que los anarquistas consideraban que la verdadera revolución solo llegaría media la presión social e intervención del conjunto de los desfavorecidos. La ideología predominante en España, después de la revolución de 1868, sería el republicanismo federal, con algunos puntos en común con las ideas libertarias. Los obreros seguidores de Bakunin comprenderán que el Estado es igualmente un instrumento de clase, lo que les separa ya claramente de los marxistas. Por otro parte, a un nivel ideológico, los libertarios españoles se vieron influidos por autores socialistas como Cabet y, sobre todo, Proudhon; tan importante o más que las ideas, era un ambiente social intolerable, que ayudará a que el anarquismo eche definitivamente raíces. Como es lógico, los republicanos, a pesar de estar igualmente divididos entre centralistas y federalistas, no deseaban ocuparse la cuestión social, máxima preocupación de los libertarios. Esta situación sería el germen para lo que se convertirá unos años después en España en el movimiento anarquista más importante del mundo.

Aquella controversia entre Tomás e Iglesias, que evidencia las profundas divergencias ideológicas entre unos y otros, será el punto de partida para la definitiva ruptura en el seno de la Internacional. En su segunda edición, la Internacional se articulará ya a través de partidos políticos, en lugar de sindicatos. La Tercera Internacional, ya después de la Primera Guerra Mundial y con neto control comunista, supondrá una nueva ruptura, esta vez entre marxistas. Paralelamente, renacería una Internacional de rasgos libertarios con la Asociación Internacional de Trabajadores. En la actualidad, máxime con el fracaso de los regímenes que pretendían construir el socialismo a través del Estado, la intención de transformar la sociedad a través de la participación política enfrentada al trabajo libertario en los movimientos sociales es un debate de plena vigencia. Volviendo a la controversia entre Tomás e Iglesias, tal y como lo expresa Calero, sorprende el lenguaje duro y al mismo tiempo emotivo de los protagonistas, muy lejos del academicismo de los políticos de hoy en día. Por otro lado, asombrará igualmente la dimensión moral y apasionamiento, tanto en la conducta personal como en el pensamiento político; ambos, sin duda, estaban convencidos de que sus ideas acabarían transformando la sociedad.



martes, septiembre 5

Fobias y turismofobias

Uno no tiene por qué saber de todo y comprenderlo todo para poder hablar de cualquier cosa. Por ejemplo, la turismofobia, la última palabra inventada por la tele. Da la impresión de que hay grupos extremistas en el país, que odian a los turistas. Qué va. En realidad la queja deriva de lo siguiente:


España se ha transformado en un monocultivo. Bueno, hay dos o tres que dan mano de obra, la construcción, la hostelería, los funcionarios… El sector turístico da empleo a tres millones de trabajadores y proporciona un dineral al patronariado y a cientos de propietarios de pisos. Así que, ¿cómo podría estar alguien en contra del turismo y de convertir España en un enorme parque temático?


Bueno, hay un motivo para no cifrar la economía del país en una cosa tan volátil como los visitantes extranjeros, habida cuenta de que una simple moda puede cambiar el flujo de visitantes… A Transilvania, por ejemplo, a ver los vampiros. Nunca es bueno cifrar la prosperidad a una sola carta, como cultivar azúcar, café o plátanos, porque viene una plaga de gorgojos o empiezan a producir en Vietnam, y al diablo con todo. Eso dicen los economistas. Aconsejan un plan de pensiones, un par de negocios, unas propiedades para alquilar, una pensión del Estado, acciones… Eso asegura mi banquero que es necesario, para tener una vejez tranquila.


Además, el sector de la hostelería está muy mal pagado. Puede que el dueño que alquila una habitación de un piso cerca de la playa a 500 o 1000 euros la semana, y que se levante seis mil euros en un mes en negro esté encantado. Los trabajadores/as del gremio, en cambio, que ganan de media 13.000 euros anuales a falta de descontar los impuestos, que echan horas que no se pagan y que padecen jornadas infernales, no están felices. Y las trabajadoras no digamos, que esas van un 20% peor retribuidas que los varones. Esos y esas, sí que podrían tener patronofobia. Una palabra que propongo a falta de respuesta sindical.


¿Cuáles son las quejas entonces? Pues que las ciudades se planifican para el turismo, y no para los habitantes habituales. Te meten centros comerciales, tiendas de ropa, y sombreros mejicanos tipical very spanish en un barrio, en lugar de guarderías, pediatras y parques infantiles. Y a toda costa se quiere echar a los inquilinos de toda la vida, la clase obrera de siempre, para que abandonen las zonas turísticas y se vayan a la quinta puñeta, mientras más lejos mejor, porque a ver qué pareja comienza su vida matrimonial en un barrio turístico… ¿Vendiendo dos riñones? O te cogen zonas rústicas dedicadas al cultivo del esparto, y te meten una torre de cien pisos que el paisano que hacía las arpargatas flipa, mientras le fotografían los visitantes pelando pipas.


Y claro, cuando a alguien le comen el espacio, en cualquier circunstancia (invasión de ejércitos enemigos o alienígenas), reacciona mirando de forma atravesada al invasor, que en este caso son especuladores inmobiliarios, comisionistas, acosadores y empresarios, apoyados por el político de turno.


No se trata de que la clase obrera tenga sentimientos mezquinos referidos a los turistas, qué va. Eso no es más que una excusa empresarial. Los sentimientos mezquinos vienen de la patronal y del Gobierno. La auténtica preocupación que tienen ahora mismo no es la turismofobia, sino calcular, una vez el flujo turístico se ralentice, cómo aprovechar y/o cuánta pasta van a perder con el atentado de Barcelona.



 Acratosaurio rex en Alasbarricadas.org

sábado, septiembre 2

Cuando todo el mundo ama súbitamente a la policía, es que el terror ha triunfado

Desde hace una semana no deja de asombrarnos cómo se está manejando el atentado de Barcelona en lo que respecta a la policía. Nos causa sorpresa no sólo la gente que se abraza a los antidisturbios (¿por qué, por no hacer su trabajo?), sino las declaraciones de numerosos cargos políticos, sobre todo de las llamadas «izquierdas» (Podemos, CUP, Barcelona en Comú…), que alaban a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y que se unen al ya coro único que demanda un aumento de dotaciones policiales, amén de las medidas de videovigilancia, restricción de movimientos, aumento de identificaciones arbitrarias por motivos de seguridad, etc.


Hoy mismo hemos sabido que ayer (24/08/2017) Bildu se sumó a una declaración institucional de la Cámara de los diputados impulsada por Ciudadanos para reconocer y agradecer la labor de todas las fuerzas policiales y de seguridad por su labor tras los atentados de Barcelona. Atrás quedaron las denuncias de las asociaciones contra la tortura (Coordinadora contra la Tortura y Comité para la Prevención de la Tortura del Consejo de Europa) contra uno de los cuerpos (Mossos d’Esquadra) que más denuncias ha recibido en los últimos diez años desde que Euskal Herria fuese «pacificada» (en este decenio Catalunya ha liderado los rankings en cuanto al número de denuncias presentadas en el Estado español por torturas, vejaciones, palizas, malos tratos, amenazas, encañonar a detenidos, etc., con multitud de policías acusados y condenados, superando, aunque cueste creerlo, a otros cuerpos avezados en lo que podríamos considerar prácticas policiales al uso —Guardia Civil, Ertzaintza, todas las policías locales y también funcionarios de prisiones).


Olvidado ha quedado el discurso que señalaba a la policía por ser lo que es y lo que no puede sino ser: una organización militar y militarista que ejerce la violencia, la tortura, los abusos, la mentira, que se sirve del poder para cometer todo tipo de atropellos y tropelías, que sólo está cuando no se la necesita, para pegar, para detener, para acusar, para multar, para golpear, para fichar, para invadir nuestra privacidad… ¿Dónde estaban, por ejemplo, cuando debían defender a todas las mujeres asesinadas por maltratadores? ¿Dónde cuando se producen violaciones sexuales? ¿Dónde estaban el 11M de 2004 (y que conste que no defendemos su existencia ni siquiera en estos casos)? ¿Para qué sirven tantos dispendios policiales si son incapaces de detectar a un numeroso grupo de personas (al menos 12) que almacenaban un centenar de bombonas de butano, cientos de litros de productos químicos para fabricar explosivos, tornillos y otros metales para ser utilizados como metralla, dinero a espuertas, pasaportes falsos, que amenazaban a través de las redes sociales como si tal cosa, que tenían la intención de realizar un atentado bestial? Se dice ahora que es muy difícil anticiparse a este tipo de atentados, pero entonces, ¿para qué están? ¿A quién protegen? ¿A quién sirven? ¿Tenemos que pensar que el atentado bien pudiera ser otra vuelta de tuerca que encaja en ese proyecto de largo recorrido que busca ejercer un todopoderoso control social mediante el miedo generalizado?


Recordemos, de pasada, un episodio no muy lejano… Según la (h)inteligencia policial, en 2013 dos anarquistas chilenos (en este caso sí eran una célula terrorista) viajaron desde Barcelona (mira tú qué coincidencia) hasta Zaragoza para colarse en la basílica del Pilar con una bombona de camping gas con la intención de cometer un terrible atentado contra una figura de yeso y unos bancos de madera (la propia Audiencia Nacional consideró acreditado que la acción afectó al patrimonio histórico y artístico de los bancos y la zona del coro y la sillería), causando lesiones leves en un oído y en la mandíbula a una persona. Desde el principio se afirmó que pertenecían a una enorme y peligrosa organización criminal de corte anarquista que pretendía tumbar el Sistema: el Comando Insurreccionalista Mateo Morral, integrado en los Grupos Anarquistas Coordinados (GAC), equivalentes a la Federación Anarquista Informal/Frente Revolucionario Internacional (FAI/FRI)… El ridículo comando Mateo Morral apestaba desde el primer minuto a montaje policial; sólo hay que leer el comunicado para detectar algunos tics de la policía. Las consecuencias de dicho atentado implicaron detenciones e identificaciones, acusaciones injustificadas, amenazas a personas y grupos anarquistas acusados de terrorismo… ¿Para qué tanto Centro Nacional de (H)Inteligencia, tanto Centro contra el Terrorismo y el Crimen Organizado, tanta videocámara, tanto policía y tanto presupuesto militar/policial? Pues para eso, para defender un determinado orden, un orden en el que se defiende a los de siempre y donde mueren los de siempre, como en Siria, Iraq o Somalia, donde muere cualquiera menos quien debería. «Proteger y servir»: no nos cabe duda de que así es.


En estos días se repite que no podemos flagelarnos con el discurso de la responsabilidad por lo que está ocurriendo allende nuestro primer mundo porque eso implica dar alas a quienes ya nos señalan y porque el discurso implica, de facto, una separación entre ellos y nosotros, cuando no debería darse tal separación. Pero lo que nadie explica es cómo resulta posible que los atentados no los cometa un iraquí que ha perdido a su madre y a sus hermanas cuando estaban comprando en un mercado y un dron que vuela a 10 km de altura, teledirigido, ha lanzado un pepino que no discrimina entre inocentes y culpables, como un atropello no lo hace entre musulmanes e infieles. No; el atentado lo comete un puñado de jóvenes en cierta medida integrados, que hablan catalán y castellano, que incluso trabajan, que habitan en viviendas no precisamente precarias, que tienen móviles de alta gama, con perfiles en las redes sociales, amantes del Barça, que conducen Audis, que acuden a la peluquería con regularidad para estar a la moda, que visten ropa de marca, que están encantados con Occidente y todo lo que él representa, que adoran al Dios dinero. Estos infelices, que han sido seducidos por una ideología mezclada con una interesada interpretación religiosa, que no han padecido los efectos más sangrantes de las condiciones de posibilidad de nuestro modo de vida (sí, también de la socialdemocracia), no son muy diferentes de cualquiera que se sienta vacío, ninguneado, engañado por pertenecer a una sociedad de mierda que sólo puede ofrecer frustración, soledad y miedo. Cualquiera, aunque nos duela, es un potencial terrorista en este mundo que estamos construyendo. Desde hace tiempo, y en adelante, ya no pod(r)emos vivir con tranquilidad en ningún sitio, y dad por seguro que ningún policía, ninguna videocámara ni ley que se precie podrá defendernos de tamaña irracionalidad.


Y esto también viene a cuento de cómo la policía ha sido aclamada por restablecer la pena de muerte (ésa que teníamos con Franco y que aún está vigente en lo que pudieran disponer las leyes penales militares en tiempos de guerra, tiempos en los que podríamos hallarnos con una simple orden ministerial) cargándose a tiros, «dando caza», «abatiendo» a unos cuantos terroristas… A partir de ahora que nadie se resista, porque puede ser asesinado con total impunidad y con méritos policiales. Son males menores, como diría algún que otro filósofo, como la tortura, que es bienvenida, dicen, si es para evitar males mayores. ¿Evitar? Ja. Son los fundamentos del Estado de Derecho, del estado de las cosas en que nos encontramos.


¡Vivan esos militares demócratas, esos guardias civiles, esos agentes de policía que quieren poner las esposas a los corruptos!, decía Pablo Iglesias en un mitin; la CUP amagó con no asistir a la manifestación de mañana si a la misma acudía el Rey, a quien considera «culpable del ataque» de los atentados por «los tratos económicos, armamentísticos y geopolíticos que propicia con países como Arabia Saudita y Catar, fuentes de financiación del Daesh», pero al final va a ir y además aplaude a su policía, a los Mossos, por su actuación en los atentados; la Autoridad Portuaria de Bilbao, integrada por la Ertzaintza, la Guardia Civil, el Cuerpo Nacional de Policía, Capitanía Marítima, Aduanas y la Subdelegación del Gobierno se coordina (lo que están pidiendo todos los partidos) para que desde allí, y rumbo a Arabia Saudí, hayan salido en diez meses un total de 312 contenedores marcados con el sello de «explosivos» (nada menos que un total de 8.656 toneladas de armas). Sigamos disociando lo que pasa y sigamos comportándonos como se espera que hagamos, seamos «gente de bien», aunque un poquito contestona.


Al final resulta que eso que llaman «gobernar» implica todas estas servidumbres, como pasar revista a las tropas, felicitar a todas las policías por su eficacia (¡?), saludar de buen grado el trabajo conjunto de todos los cuerpos… que tan bien hace la nueva casta anticapitalista, independentista o populista, qué más da.


¿Desde cuando la policía se ha convertido en el aliado de «los de abajo»? ¿Acaso es imposible tratar sucesos de esta magnitud sin aceptar todos los trágalas que impone el poder? Si en tan poco tiempo nos hemos olvidado de todas las ofensas, palizas, detenciones ilegales, torturas, amenazas, de todas las mentiras, montajes, detenciones arbitrarias y de todas las manipulaciones ¿qué nos cabe esperar? Dais mucha vergüenza.


Si hacemos un esfuerzo por no olvidar y hablamos mal de la policía, ¿qué nos va a pasar?, ¿qué nos vais a hacer? ¿En serio os habéis creído que debemos luchar desde dentro para conseguir que esta policía fascista —el que ejecutó a 4 de un golpe viene de la Legión— se convierta en la policía del pueblo? ¿Debemos animarnos a ingresar en el cuerpo, como en tiempos decían algunos con la mili para aprender a disparar?



Lo dicho: ¡dais una profunda vergüenza!

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La desmemoria histórica, esa sí que hace daño.

Absueltos los dos mossos acusados de reventar el ojo a Ester Quintana durante la huelga general de 2012
brutalitat mosos d'escuadra carrer aurora

Y con la resaca a cuestas
vuelve el pobre a su pobreza,
vuelve el rico a su riqueza
y el señor cura a sus misas.

Se despertó el bien y el mal
la pobre vuelve al portal,
la rica vuelve al rosal,
y el avaro a las divisas.

Se acabó,
el sol nos dice que llegó el final,
por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual.

Vamos bajando la cuesta
que arriba en mi calle
se acabó la fiesta.


(J. M. Serrat)
Artículo de colaboración para Borrokagaraia da! 
Autor: Gasteizkoak talde antimilitarista

miércoles, agosto 30

No es


No es
una manzana
la que corrompe
y pudre a las otras

es

el cesto


David González. Si te echan mano al cuello encontrarán la soga. (Los que viven conmigo. Cuaderno 3). Letour1987, 2017

domingo, agosto 27

El pensamiento crítico y el deso de ser libres

El siglo XX queda muy atrás, con sus fallidas promesas emancipatorias y paralela consolidación de un sistema alienante; inmersos ya en un siglo XXI, que ofrece motivos para la desesperanza, ya que una mayoría parece seducida por un sistema que convierte a las personas en meros consumidores, pero también para mostrarse optimistas, ya que proliferan movimientos críticos que adoptan medios libertarios en búsqueda de esa necesaria liberación.

El sistema capitalista ofrece, de manera obvia, una ilusión de progreso. Así, una mayoría de seres humanos, convertidos en meros consumidores, se resignan ante un estado de las cosas que parece inamovible, ya que se muestra determinista en esa visión de un supuesto progreso basado en la acumulación. Ello, a pesar de hablar de un sistema basado en la explotación de los más y en la esquilmación de recursos planetarios, con la grave consecuencia de la indigencia de gran parte de la población y la devastación del medio ambiente. Si verdaderamente creemos en la supervivencia de la humanidad, en un cambio de rumbo de la civilización, hay que cuestionarse qué es lo que nos convierte en simples actores pasivos dentro de este estado de las cosas y de esa visión de la historia. Hay quien sostiene que esa colonización de las conciencias, por parte del capitalismo, se basa fundamentalmente en el deseo de esa obsesión por el consumo, basada en una supuesta mejora de nuestro nivel de vida, que el sistema asigna y determina. Se trata de una colonización evidentemente profunda, pero no por ello deja de ser susceptible a una liberación y a un cambio de lo que deseamos: el deseo de tener, que nos encadena a un sistema de dominación y explotación, debe ser sustituido por un deseo de libertad, de ser libres, basado en el apoyo mutuo y en el reconocimiento del otro.

Muchos autores han insistido en la alienación dentro del capitalismo, exacerbada por las propias mutaciones del sistema producto de las revoluciones tecnológicas generadas por él y puestas a su servicio. El primer paso debería ser la consciencia sobre esa situación y la consecuente búsqueda del modo de liberarse. Es decir, la transformación de un deseo alienado en otro liberador. Ello implica, como paso posterior, una radical renovación del pensamiento, ya que el siglo XX nos ha ofrecido más de lo mismo, ese supuesto e ilimitado progreso material, en sus distintas concepciones ideológicas, totalitarias o democráticas, unas fallidas y alegremente desaparecidas casi en su totalidad, otras tristemente vigentes y sometidas a meros cambios en su superficie. Este nuevo pensamiento, que puede nutrirse en gran medida del anarquismo (sometido como es lógico a una permanente renovación y autocrítica), debe tener en cuenta los intereses de todos y cada uno de los seres humanos, enfrentados a una realidad concreta (no alienada). Es el gran reto que tenemos por delante, tarea colosal dentro de un sistema en el que el deseo mayoritario moldeado por todo un aparato tecnológico y mediático nos contradice, pero no por ello imposible. A pesar de ello, no hay que mostrar desesperanza, ya que cada vez son más los movimientos y voces que se muestran críticos con el sistema, muchos veces adoptando medios libertarios, a pesar de no adoptar la etiqueta del anarquismo. Ahí se encuentra la esperanza para esa renovación del pensamiento y de la praxis, basados en la reflexión crítica, en la profundización de las cosas y en la búsqueda de esa realidad concreta que anule toda forma alienada.

Como insistió Foucault, todo sistema de dominación genera sus propios focos de resistencia y deseos de libertad. Es por eso que haya donde exista poder coercitivo existe también la libertad y hay que mostrarse siempre esperanzador sobre la superación libertaria del estado de las cosas. Así, proliferan los movimientos contrarios al sistema integrados por personas fundamentalmente jóvenes, que muestran su deseo de decidir su presente y su futuro por ellos mismos. Son nuevas generaciones que, tal vez, son conscientes del fracaso de toda ideología, incluso aquellas que prometen un futuro liberador, basada en la tutela, si no abiertamente en el autoritarismo. Es, por tanto, ese pensamiento crítico que tanto ha interesado al anarquismo la esperanza para cuestionar todo vía autoritaria y que, consecuentemente, propugne formas horizontales y autogestionarias. A pesar de estos movimientos esperanzadores, no olvidemos que una gran parte de la sociedad sigue colonizada por ese deseo de consumo y esa ilusión de progreso que propugna el capitalismo. Si es una minoría la que toma las decisiones en este rumbo catastrófico de la civilización, se ve legitimada por esa mayoría seducida por el progreso mercantilista y consumista.